Calientes alegorías sobre el vino
Unir el vino a la “ese” del beodo y agarrado a una farola o a su degustar despacioso por el gourmet puede derivar al extremoso criterio que distancia o aleja el caldo de Baco de su equilibrado sentido, cuando se pretenda disfrutarlo seriamente. Mas como el uso o abuso de éste por parte de sus adictos escapa a la voluntad de este escribidor, deseo explayarme en las variadas referencias y evocaciones que, en mi intermitente deambular por la ruta literaria del vino, he ido componiendo. Y allá van algunas.
- ¿Adonde la deleitosa liquidez de la uva permite a los locos creerse juiciosos y a los sesudos traspasar las lindes de la cordura?: cada cual con el objetivo de evadirse- por encima del inevitable trasiego gustativo-; de torcer la realidad para hacerla más hermosa. O de transmutar un deseo íntimo en una sensación de tocar el cielo a la hora de los besos. O de ir soltando penas en la calle ancha del vino embaucador y amnésico. O de inventarnos un nirvana para la redención posible de los aciagos presentes que nos encadenan en cualquier esquina del tiempo. O de manchar, con la sonrisa concupiscente del libador al punto, el estúpido tapiz del hieratismo y la imperturbabilidad de los hombres necios y grises; o de los inmaculados seres que hibernan en lo políticamente correcto.
El vino, para conducir a nuestros desenfrenos por la dulce singladura de la libertad contenida sobre el desenfado extenso y la desinhibición eufórica. Para aquilatar mejor el amor/desamor que nos cercan la mente y la víscera impredecible y siempre vulnerable cuando un ciego venablo la atraviesa. Para hablarle de tú a los dioses y de usted a los zahoríes que nos traen el misterio a la boca y a los ojos. Para pagar con calderilla de olvido a los depredadores del alma y con oro de esperanza a los que caminan con nosotros cuando el túnel se nos alarga. Para esquivar, sin convencimiento, a nuestros fracasos inasimilados por no saber poner en su sitio a nuestras ilusiones marchitables. Para expandir el espíritu o desahogar los uréteres. Para servirnos de espuela o de adormidera en las duras noches de timba y jarana.
El vino, como pretexto para dilapidar nuestros vacíos. Como compinche de la emoción incontrolada o como verdugo del desapego vigilado. Como recurso para la poesía mentirosa fraguada en pulsiones etílicas y en la palabra desquiciada y ,a ratos, huera. Como cerrojo inútil en la tentación de destrozar pentagramas y de emular a Quijanos, ora a Teseos, ora a Poseidones ora a Peter Pan, ora a Robin Hood, ora a Mefistófeles de guardarropía.
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