LA INOCENCIA DETUVO A LA MUERTE
La carretera serpea, se empina y casi se asfixia cercenando el ocre paisaje de Julio. En un traquetreante Ford “de pedales”, unos padres con sus dos hijos pequeños, cuentan en silencio los metros que recorren, los palos del telégrafo, los penosos días que quedaron atrás.
Angeles acuna en su seno a Joaquina, la menor, mientras el otro infante, Emilito, se agita nervioso entre los hules del automóvil y pregunta, sin cesar, en su trastabillante lenguaje.
En las rastrojeras que arden lamiendo los arcenes de la estrecha carretera, Jacinto , el padre, arrinconado en su asiento vislumbra un Vulcano que hace ígneo saldo de innúmero saldo de máuseres y revólveres que escriben su canción de muerte con los dedos firmes de moros y falangistas en tanto sueñan orgías de sangre de rojos expulsados de cielos imperiales. Al pronto, las altas acacias se remueven en esta caliente alborada, azoradas por el vuelo diligente de los buitres de corvo pico. Como un resagio.
Otro coche, un Hispano Suiza, tansporta a la escolta: cuatro falangistas armados, que tienen una consigna precisa, en una orden no escrita (¡cuidado, no comprometerse demasiado, la Guerra no ha hecho más que empezar!). En el oficio, a modo de salvoconducto, que portan los sicarios se mecanografía la formalidad de que se trata de una simple escolta de seguridad para el matrimonio, Jacinto Suárez y Angeles Moreno, que se trasladan a Orchuna con sus dos vástagos. Pero el propósito, la consigna es otra: que no lleguen vivos ninguna de los esposos. Antes de arribar a su pueblo, se los apearía del coche y, bajo un olivo, unas ráfagas de fusiles habrían de acabar con la vida de este rojo y de su levantisca esposa.
Ansiedad y pavor, apenas disimulados en el rostro de la mujer, quién con esa telúrica intuición que posee el alma femenina, presentía la siniestra intención de los guardianes. En el pensamiento de Jacinto, una moderada confianza en la misión oficial de escolta que el Jefe de FET y de las JONS de Espliego había encomendado a los cuatro militantes joseantonianos. Al fin y al cabo, se decía Jacinto para sus adentros, él no se habñia distinguido políticamente en la República. De familia de clase media monárquica, con acreditada conducta católica, él había cumplido siempre con seriedad e independencia sus deberes como funcionario municipal en Espliego, Su pusto, eso sí, era muy envidiado. Más de un señoritin de la ciudad, descendiente de beneficiados del turnismo administrativo de la etapa maurista,andaba detrás del puesto funcionarial que Jacinto había conseguido por una larga dedicación y una eficiencia acreditada. No en balde era hijo de otro significado funcionario local: don David, quien le había adiestrado con su amplia sabiduría y su dilatada experiencia.
Angeles, más temperamental, tuvo algún problema con los recién llegados al poder, porque había defendido públicamente a su hermano Emilio, socialista de Prieto, y que había huído precipitadamente del pueblo antes de que las tropas legionarias del Comandante Castejón tomaran Espliego: tenía noticias de la vindicta carnicera sobre ciudadanos republicanos de estos militares en pueblos aledaños. El Movimiento Nacional endría que ser el germen del Orden Nuevo en cuanto se gane la guerra, que se ganará porque “Dios y la Verdad están con nosotros”, según pregonaban los “nacionales”. Y en el Estado que saldrá de ese Orden Nuevo no caben más que “los leales y los valientes defensores de la España eterna”; los tibios y los que no supieron adherirse enseguida a la “causa Nacional” serían eliminados para siempre, como peligrosos elementos de la anti-España. Tal era el mandato imperativo que los artífices de la “nueva” España habrían de cumplir. El miedo y el terror difundidos por los embajadores azules de la muerte habían conseguido que los tibios y los rojos (los de izquierdas o, simplemente, republicanos) huyeran despavoridos ante las inclementes represalias contra ellos.
Jacinto, que era considerado un librepensador, mascullaba solapadas invectivas contra sus raptores, al tiempo que iba rememorando, en película mental, el nefasto tiempo en que la hidra reaccionaria de esta tierra engendraba políticos y espadones que sabían torcer y retorcer el orden político con sus sintagmas de odio y fuego para cualquier intento de veleidad liberal y socializante que se enfrentara a aquella. Las páginas de nuestra historia están plagadas de acciones de esta clase, que se reproducían con el Alzamiento Nacional. Con adobos ideológicos a la carta, la olla hirviente de ls cuestiones seculares ( Libertad y Justicia), era volcada por las fuerzas vivas de las derechas en cuanto peligraban sus posiciones; y el espadón era el recurso a mano que se usaba para anular esas reivindicaciones. Nada nuevo. La existencia de los demonios familiares de los españoles, hidalgos o plebeyos, no constituían peligro de reyerta hasta tanto aquellos no se desataran con el riesgo de que pudiera desnivelar la balanza social a favor de los oprimidos ; que eran mayoría y estaban hartos de la opresión. Llegaba entonces la ocasión de que el Dictador/Haliogábalo de turno pusiera a punto sus artes cisorias sobe el descarnado uro ibérico. Al objeto de que los innumerables Jacinto y Ana, convidados sin sitio en la mesa, les tocasen las migajas, fregar los platos y, en cima, pagar los vidrios rotos.
Regresado a su realidad nada prometedora, Jacinto, observa como el sanguinario objetivo del viaje Espliego-Orchena toma un sesgo imprevisto
En el automóvil de la escolta falangista, se suscita una discusión: un miembro de los armados, falangista cincuentón y algo sentimental, que era colega de dominó de Jacinto, planteó el dilema de que habría de matar a los cuatro o a ninguno, porque si apiolaban solo a los cónyuges, los dos niños supervivientes iban a ser, el dia de mañana, una acusación permanente y quizá vengadores del acto homicida, que se justificaría como aplicación militar de la Ley de fugas, tras fusilar a esta pareja por la espalda.
Una ráfaga de sentido común y de humanidad escondida en el interior de estos ejecutores, hizo que tras enconadas discusiones prevaleciera la tesis de dejar a los cuatro, vivos, a las puertas de Orchena, distante veinticinco kilómetros de Espliego, Explicarían la “debilidad de amnistiar” a los escoltados como un acto de magnanimidad en razón al lastimoso porvenir que esperaría a los dos huerfanitos.
Dos inocentes criaturas salvaron a dos adultos. La menesterosidad y el candor de los dos infantesse alzaron como argumentos suasorios para el infierno de la memoria de los encomendados, que pesaron (como una indulgente coartada) para justificar la desobediencia al “ajusticiamiento” sumarísimo de Jacinto y Ana, Y porque en tiempo no muy lejano podrán ser acusados de nuevos cargos para ser condenados, por otros tribunales, como casus belli., extremo fácil en una Administración dónde el pretexto para eliminar a la gente molesta era tarea simple. Además, este súbito perdón en el camino de Orchena, sería suficiente para disuadir a Jacinto de que sería bueno que regresase a Espliego. Tiempo habría de hacer cumplir el dictado del general Mola de exterminar a todos los rojos y a sus descendientes, para “acabar con esa raza maldita de españoles”
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El copista de esta crónica se estremece cuando el reloj de los años se detiene ante ese espejo virtual y engañoso de las conmemoraciones políticas y de los aniversarios victoriosos. Porque en el hálito de los discursos y delos gestos de los que celebran esas efemérides, cree ver, resurrecto, el mensaje de Casandra que anuncia la reposición plástica de la mis en scène de esos fantasmas que el cerebro menos torturado rechaza por escalofriante. La sangre del hermano contra la sangre del hermano, nos parece incomprensible y absurdo en la normalidad democrática que vivimos. Pero están ahí, para que no se desintegren en el desván conformista de nuestra memoria.
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La guadaña fría se detuvo bajo el olivo, en una mañana del recio estío andaluz. Los buitres se quedaron sin almuerzo; el señoritín se apropió enseguida de la plaza que “abandonara” Jacinto. Y los dos niños deletrean hoy con asco y algo de prevención supersticiosa las ocho letras de Espliego. Espliego, el pueblo de la tragedia inconclusa, que, como una margarita empozoñada pero digerible por necesidad, se trocó en el ansia rehabilitadora, de interminables vigilias, en la Underwood de Jacinto ante el Leviatán que le mareó y le toreó, insensible ante su justa reivindicación. Por ello, el espliego, sahumerio excelente para los braseros invernales en los hogares de Andalucía, fue, desde entonces, una planta ausente y maldita para esos cuatro españoles, descendientes de Cain y de Abel y compatriotas indeclinables del General y de su Invento de cuarenta años.